Ruta de otoño entre Toscana y Romaña: arte, paisaje y gastronomía

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Lisa V., la autora de la serie sobre la empresa Pixar, además de cinéfila, es una enamorada de los viajes. En esta ocasión nos presenta una zona que conoce muy bien ya que ella es italiana: una ruta de otoño entre Toscana y Romaña combinando arte, paisaje y gastronomía.

Una sugerencia realmente tentadora que Lisa nos describe con detalles, consejos, anécdotas y gran belleza:

RUTA DE OTOÑO ENTRE TOSCANA Y ROMAÑA

Les presento el equivalente de la Route 66, coast to coast, a lo italiano, o sea “la strada statale 67 del Muraglione”.

Imaginaros respirar el Renacimiento en Florencia y al cabo de pocas horas seguir una carretera que serpentea entre los viñedos del Chianti, subir la segunda cadena de montañas italiana después de los Alpes y luego descubrir las delicias de los platos elaborados artesanalmente con castañas, setas, quesos, embutidos...

Se puede hacer en un fin de semana largo, aterrizando en Pisa o Boloña y alquilando un coche, mejor aún una moto o una bicicleta. Si se dispone de una semana vale la pena considerar la línea de ferry hasta Livorno (19 horas), que permite viajar con vehículo desde Barcelona.

Livorno es un antiguo puerto que ofrece bonitas tiendecitas, no se entretengan pero, que lo mejor viene luego. La autovía llamada FI-PI-LI (Firenze-Pisa-Livorno) la une en una hora y media a Florencia. Los que no hayan visto Pisa y no le tengan pavor a los turistas, se concedan una parada intermedia para sacarse una foto con la Torre.

La Florecia de los museos se tiene que visitar programando las visitas con cierta antelación, ya que por ejemplo los Uffizi admiten sólo con cita previa. Sin embargo, a diferencia de agosto, en septiembre y octubre no debería ser una maratón de colas interminables bajo el sol. Recomiendo un paseo por los Giardini di Boboli antes de dejar Florencia.

Seguir entonces las indicaciones para Pontassieve y Rufina, pasando por Fiesole. Lo más sencillo para salir de Florencia sin perderse (como ya me ha pasado varias veces…) es seguir el río Arno dirección montaña.

Los paseos Lungarni son muy agradables y en cuanto se sale de la ciudad los paisajes naturales son encantadores. Mejor aprovechar la luz de las horas centrales del día para subir las montañas, ya que el valle es muy estrecho.

De Florencia a Forlì son unos 100 km, pero debido a las curvas y al desnivel (se llega a 900 m de altitud) sólo los más entrenados se podrán atrever en bicicleta. Con la moto es un vals divino, siempre que se proceda con calma y prudencia para disfrutar de todas las vistas.

Desgraciadamente hay que avisar que los sábados y domingos algunos moteros se creen en el circuito de GP… el bar Giovanni, en el Muraglione, suele tener más motos aparcadas que las Ramblas. Los que se sientan más tranquilos en autocar, lo pueden coger en Florencia, aunque no son muy frecuentes y hay un trasbordo.

A las puertas de Florencia, después de Fiesole, empieza la ruta del vino Chianti. Merece la pena visitar por lo menos una “cantina” para observar la labor de la vendimia y para una cata a consciencia. Más adelante por el camino, en Romaña, encontraremos otro vino muy preciado pero menos famoso, el Sangiovese.

Mi padre dice que es la misma cepa de viña, pero que como los toscanos son unos charlatanes sin vergüenza han sabido vender mejor su Chianti. En efecto en Rufina hay abundantes informaciones turísticas y hasta un museo del vino… “rufianes” les llama mi padre, pero el caso es que no me resulta que en Romaña haya tanta infraestructura, a pesar de tener productos óptimos.

La carretera empieza a subir por los Appennini y cada curva es un espectáculo. Estamos en pleno “Parco Naturale”. Esos bosques en otoño son una fiesta para los sentidos y el perfil de las montañas se pierde en todas las direcciones en una infinidad de olas de tintes pastel. Los que practican senderismo pueden disfrutar de una red de trayectos bastante bien señalizada.

Se sube hasta el Passo del Muraglione y luego se puede elegir si ir a la izquierda hacia Rocca San Casciano o a la derecha hacia Predappio. Ambas conducen a Forlí, pero la de Rocca San Casciano / Castrocaro Terme ofrece más “diversión” en términos de curvas y también porque en un pueblecito, Marradi, en octubre se hace la fiesta de la castaña . La carretera de Predappio en cambio lleva a la derecha más extrema: ¡el pueblo donde nació Mussolini!

Para los apasionados de historia, vale la pena visitar este pueblo de “nostálgicos”, con la Villa y la tumba del Duce. Se podrán deleitar con tiendas “especializadas” que, con la justa dosis de ironía, causarán mucha gracia. Verán como el recuerdo fascista está muy arraigado en esta tierra, a pesar de tener una administración tradicionalmente de izquierda (lo cual nos da un ejemplo de la complicidad entre las facciones políticas).

Pero no se dejen nublar por las ideas, vayan directos a probar la “piadina” y el “crescione” del bar Antichi Sapori, que está en la carretera principal de Predappio. O si hay mucha cola, busquen la “bruschetteria al metro” del Caffé Anni Trenta de Predappio Alta, les servirán el equivalente del pan con tomate catalán en una variadad sorprendente de combinaciones.

En época de setas, no dejen de pedir “funghi porcini” y sobretodo “tartufo”. Naturalmente pidan beber Sangiovese y acuérdense de mi padre y de su rivalidad con el “Chianti de los rufianes”.

Si decidió evitar al Duce, párese en San Benedetto in Alpe, una aldea deliciosamente apolítica que ofrece alojamiento rural y camping. Se llama Valle dell’Acqua Queta debido al fluir más perezoso del río en este punto. No se cansará de tirar fotos por todos los rincones.

Bajando más se llega a Rocca San Casciano y a Dovadola. Recientemente han restaurado el castillo y después de tantas curvas les vendrá bien un paseo. Si le apetece ver una antigua estación termal siga las indicaciones para Castrocaro Terme.

El pueblo ha superado su momento de gloria desde hace varios años y ahora es más una especie de residencia a lo grande, pero tiene un castillo muy bonito y al lado, Terra del Sole, conserva todo su encanto medieval. Naturalmente, todo lo que vean por estos pueblos y les de la impresión de ser comestible, no estará bueno, sino exquisito.

Forlì es una ciudad del tamaño de Gerona, con su Universidad y un centro histórico bastante elegante. En la plaza Saffi, donde hacen un vertiginoso mercado al aire libre los sábados, pregunten por la pizzería Altero: sirven una “pizza al trancio” delicada y suave como una nube.

De Forlì pueden decidir si dar la vuelta o seguir hacia el mar Adriatico (Ravenna está repleta de tesoros bizantinos, mientras que Rimini es la capital italiana de la diversión veraniega). La otra alternativa es dirigirse a Bologna, “la grassa”, como le llamamos en Italia debido a su opulencia. Si la visitan pregunten por la historia del monumento a Neptuno.

Toda la ruta que les he descrito está repleta de sitios famosos, a menudo invadidos por rebaños de turistas. Les animo a que busquen los puntos donde se reúnen los lugareños, los bares de los abueletes, las fiestas mayores de pueblos menores… Escondidas a poca distancia de la ruta principal hay perlas que sólo ojos entrenados saben encontrar.

¡Buen viaje!

Lisa V.

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