“Sangre de árbol”: poesía y narración desde Chiapas de Roberto Reyes Cortés

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“Lagrima solitaria de Tzotzil. Explotación ancestral
de enganchado preso en las galleras comunales.

De lo alto del risco Erasto Urbina mira el campamento
pero sus ojos acerados lanzan relámpagos de furia.

En un cerro de Simojovel nace el ámbar, la gema de América,
parida en mina perdida de las montañas del sur”
Roberto Reyes Cortés

Desde Tuxtla Gutiérrez en Chiapas nos llegan a El Lector Alternativo Opina unas palabras llenas de magia y simbolismo de Roberto Reyes Cortés en la que se mezclan tiempos antiguos, Naturaleza, criaturas, seres humanos, creación, destrucción, ámbar y una historia sobre la que reflexionar.

Sangre de árbol” nos cuenta lo siguiente:

SANGRE DE ÁRBOL

En el anterior tiempo del tiempo
se formaron los mundos celestes
del cosmos lejano.

En la hecatombe estallaron dos
de los cinco soles del universo,
una estrella fracturada viajó por el aire
y convertida en cenizas llegó a la tierra.

El pedazo alucinado del combo
golpeó la corteza con violencia
y se hundió muy hondo en la frágil
textura de los suelos.

Se dejó arrastrar por la lluvia,
por el agua de las inundaciones.

Viajó por  los arroyos que bajan
de los altos cerros escarpados.

Los rumbos de Simojovel
desaparecieron y el polvo
de estrella pintó cuevas,
cavernas, cañones, todo.

Cuentan fué ese polvo
que entintó las manchas del
jaguar, el blanco de las
garzas, el rojo multiazul
de loros y guacamayas.

Las raíces de guapinoles,
cupapes, cubillos, cedros,
hicieron el milagro de amalgama
y suelo, sol, lluvia,  polvo estelar y
mortero de caliche, formaron el ámbar
savia milenaria, sangre de árbol,
transformada en bella gema.

Eran los días aquellos de la creación
cuando los dioses no vivían en las piedras,
tampoco en el viento venido de mar adentro.

Fue el día del calendario en que las brisas
de los océanos se transformaron en tempestades
y destruyeron la vida de valles y montañas.

Tiempo en que los animales de la selva
en torno de la Ceiba mayor madre de
los árboles, decidieron escapar rompiendo las rejas
del desierto de la soledad.

En el espacio se escucharon rugidos espantosos
señalando en concierto estridente de voces
y de ruidos el despertar del enemigo,
el nacimiento del hombre que iniciaba
su camino de destrucción de la tierra.

Una masa impresionante de polvo de estrella
hundió de tajo la tierra y viajó entre el subsuelo
para encontrar al fin oscura caverna sempiterna,
en que amasijo de arena, barro y fuego calcinante
crean la piedra brumosa enterrada por centurias.

Ámbar sangre del monte en la herida del árbol,
en la rama del cobayo, quebrada, por el rayo
viviente, corriendo en el cuerpo del guapinol.

Flor opaca del éter prendida en el alamar
del paisaje del universo, gota de miel arbórea
ahijada en las hojas doradas del tiempo.
Gema preciosa derretida en el fuego voraz
de las montañas.
Milagro de la  creación entre roca y árbol
entre materia y sollozo entre olvido y esperanza.
Extraño mineral viviente que en las noches repta
en las venas de los seres animados de la selva.
Joya parida por los oráculos encendidos
de mitos ancestrales y sacrificios humanos.
Amuleto mágico que al niño libra
de acechanzas en artes del chaman.
Cura infalible contra mal de ojo, envidia,
mal puesto, calenturas, bebedizo de amante.

Duermes profundo sueño en troncos podridos,
del corazón derrumbado de los árboles.

Hace ayeres, tantos que no cuento,
antes de hoy, del caos, antes muy antes
de  los ruidos de las Hummer artilladas,
del tronar de obuses, de roquets y cohetes,
el espacio no sabía del lacerante alarido
de millones de victimas de violencia humana,
del camino silente de multitudes arreadas,
de gas letal de los campos de exterminio,
de legiones hambrientas perdidas
en desiertos sin fin y sin destino.
De la angoleña y lejana desesperanza.

En el Bosque, Huitiupán, Simojovel, Totolapa,
se revela, nace un ejército. Es una tropilla
infantil, famélica, reclutada por el hambre,
brotan de la nada, son  los mineros del ámbar.

Asoman espontáneos en el negro suelo hirsuto,
rascan con palos, con manos desgajadas, desnudas,
sin uñas, dedos quebrados, aplastados por el golpe
continúo de la ancestral  herramienta.

Asemejan ratas humanas horadando agujeros
de la tierra. Cuántas veces esos hoyos  estrechos
túneles oscuros se convierten  en sus naturales
tumbas.

Sarcófago de obrero olvidado, explotado,
púberes y niños flacos, cada vez más tiernos,
más flacos, mas niños, los mejores, osados,
son como flexibles varejones de membrillo.

Llegan sin dificultad al fondo de la mina
y de nuevo el sol pega en sus caras  morenas.
Tierra y sudor son su eterno maquillaje
y una sonrisa infantil corre  por el campo.

El minero triunfal alza las manos partidas
por el cincel y el marro, la barreta y la cuña,
entre aquellas zarpas brilla magnifica una gema
poliédrica, cromo de opacidad de origen.

Lagrima solitaria de Tzotzil. Explotación ancestral
de enganchado preso en las galleras comunales.

De lo alto del risco Erasto Urbina mira el campamento
pero sus ojos acerados lanzan relámpagos de furia.

En un cerro de Simojovel nace el ámbar, la gema de América,
parida en mina perdida de las montañas del sur.

Roberto Reyes Cortés

 
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