Quererse no es ser egoísta

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“Ser valiente para mirar en tu interior, analizarte, sentirte y llegar a respetarte y quererte no está relacionado con la vanidad, la arrogancia, el engreimiento ni el egoísmo, actitudes más cercanas al miedo que al amor. Todo lo contrario, quererse es ser generoso con uno mismo y el único modo de serlo con el mundo”
Concha Barbero

(Artículo de Concha Barbero, autora de “El don de vivir como uno quiere” y otras obras, a quien entrevistamos aquí en la sección El Lector Alternativo Inspira)

Quererse es descubrir la luz en tu interior

Sin embargo, hay muchas personas que consideran que quererse es ser egoísta, que quienes insistismos en la importancia de respetarse, de hacerse caso y de estar bien con uno mismo nos creemos el centro del mundo.

Cuando indicamos que hemos de recuperar nuestro poder suelen acotar también que sólo Dios tiene poder sobre nosotros.

Sin embargo, creo que si queremos tener a Dios lo más cerca posible, será cuando hallemos la divinidad que habita en nuestros corazones.

Argumentan también que somos quienes somos porque nos relacionamos con otras personas, que no nos veamos autosuficientes; y aquí veo su parte de razón (sin dejar de estar convencida de la importancia de los vínculos sin dependencias).

Admito que los seres humanos no somos los unos sin los otros, porque, además de necesitarnos en tantas ocasiones, somos LO MISMO, somos UNO.

Pero quererse no implica dejar de hacerlo con los demás. No es necesario elegir entre el amor hacia uno y hacia tus semejantes, sino que son dos hechos encadenados. Primero te quieres y, después, vas comprobando que ese “cariño propio” actúa como una especie de imán que atrae el de otras personas, incluso el de aquéllas de las que jamás hubieras esperado nada.

Lo que pierdes y quitas

Ahora bien, sentirse excesivamente necesario o imprescindible en relación con los demás es a veces un gusto para el ego, pero un disgusto para el verdadero YO, que termina quejándose, a través del cuerpo y la mente, enfermando o teniendo graves percances.

El coste de no practicar el amor con uno mismo es muy elevado, porque nos conduce a la renuncia de nuestra propia libertad.

Y no amarte te hace invadir y apropiarte de lo que no es tuyo, porque, vacío de ti empleas “caridad”, reverencias, manipulaciones y excesos para ganar el agradecimiento, el reconocimiento, el poder e, incluso, “el amor” de aquellos a quienes les estás pidiendo pareciendo que les das…

Por otra parte, si no te quieres, sólo esperas recibir y entonces…

  • Experimentas muchos momentos de frustración, porque los demás casi nunca responden como quisieras
  • Probablemente tus expectativas son irrealizables; te forjas la idea de que quien no está preparado para agradarte o darte lo haga
  • Te mueves en picos de optimismo y pesimismo
  • Pierdes confianza y te sientes débil y sin fuerzas para seguir
  • Vives atado a lo que otros piensen de ti, te digan o te hagan y le restas valor a lo que piensas y puedes hacer por ti

Todo esto podría englobarse en una sola palabra: egoísmo

Lo que ganas y regalas

Uno no se quiere de la noche a la mañana, precisa, en primer lugar, tener la intención de hacerlo y luego desarrollar todo un proceso.

Es un acto de valentía que requiere recobrar la confianza en la vida, hallar tus valores y respetar tus sombras, perdonarte, entender la importancia de la asertividad y todo con altas dosis de humildad y energía.

Pero las ventajas son tan notorias que, una vez que emprendes tu autodescubrimiento jamás te arrepientes:

  • Manejas tus emociones y obtienes recursos para dar solución a tus necesidades
  • Te marcas el ritmo; sabes hasta dónde puedes llegar y vives sin estrés ni falsas expectativas
  • Tu vida transcurre en armonía
  • Te sientes fuerte y poderoso, aunque tus “metas” sean cercanas y tu camino
  • Conoces el resultado de la libertad interior y eso hace que no des problemas a nadie, porque no pides; en tal caso, ayudas y das, incluso aunque no te lo propongas.

Todo esto podría englobarse en una sola palabra: generosidad. Y es lo que te puede hacer feliz y proyectar felicidad.

No me canso de repetirlo: prestarse toda la atención, el respeto y el amor que uno necesita es la raíz de una vida sana, digna, plena y generosa para los demás. La solución está, antes que en ninguna otra parte, DENTRO. No busquemos fuera.

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Concha Barbero
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11 Comentarios

  1. 2 - Alba Guiluz

    9 enero 2011 11:31

    estoy en éste camino. la sencillez de cómo se han expuesto las ideas me ha encantado. es un camino largo, pero simplemente hay que ir andando y amando(nos).

    seguiremos andando :)

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  2. 3 - Concha Barbero

    9 enero 2011 11:37

    Gracias por vuestros comentarios. Es un camino que he describo por haberlo recorrido… y en ello estoy.

    Creemos habernos iluminado y la vida nos va poniendo en situaciones en las que nos damos cuenta de que aún nos falta mucho ;-)

    Un cálido abrazo.

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  3. 4 - Sentadaenlaluna

    9 enero 2011 16:17

    Gracias por el artículo, a nivel personal ha sido como premonitorio, aunque debo confesasr que lo de “quererse a uno mismo” es tan y tan complicado!!!….sobre todo cuando has sido educad@ en el servicio a los demás y en que TU eres el último escalón de una larga escalera que no acaba nunca…hasta que un día, agotad@, te paras en un rellano y te preguntas…”Y YO…cuándo….cuándo voy a empezar a respetarme, quererme y valorarme a mí mism@???”, y en ese momento, en el preciso instante en que te planteas eso…empiezas sin darte cuenta, una nueva manera de ver TU vida, y tal vez, si eres lo suficientemente valiente …UNA NUEVA VIDA.
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  4. 6 - Concha Barbero

    9 enero 2011 16:31

    Así es, Leycósmica, por eso lo ideal es lo que indica Guy Finley en un librito que acaba de sacar, sobre lo que verdaeramente importa:

    “El verdadero cambio (…) procede del hecho de verse libre por completo de la necesidad de pensar en uno mismo” (Guy Finley).

    Y a ello se “llega” sólo con la autoestima fortalecida.

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  5. 7 - Enlukder

    9 enero 2011 23:05

    Una vez leí que amamos a los demás dependiendo del nivel en que nos amamos a nosotros mismos. Creo que lo leí en “El Caballero de la Armadura Oxidada”.

    Genial artículo, me ha encantado.

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