Nada me hace falta

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“La frase de un salmo que cantaba en la iglesia de niña atraviesa mi mente: «En el país del Señor no suele faltarme nada» En este momento esta frase, que sólo era un concepto, es una evidencia que me llena de la punta de los pies hasta la cima del cráneo. Me siento en un estado amoroso sin saber de dónde viene. ¿De quién o de qué estoy enamorada?”

“Puede ser de todo o de nada o de la vida; en el fondo no hay respuesta, hay un estado de felicidad que no depende de nada. Este estado brota del centro del corazón sin ninguna razón. Esta felicidad existe siempre, más allá y a pesar de las circunstancias. Siento que uno de los secretos es conectar y comunicar con la belleza del mundo, maravillándose y esto está a nuestro alcance en cada momento”
Surya Baudet

(Artículo de Surya Baudet, divulgadora del Shivaísmo Tántrico de Cachemira a través de yoga, danza y masajes, sobre sobre sus vivencias en el Himalaya y cómo traer esa paz a la vida diara)


Himalaya, India, agosto 2000

Desde la parada del bus al inicio del valle Pin, perdido en los confines del Himalaya indio, me quedan diecinueve kilómetros por andar hasta Guling con mi mochila.

Estoy llena de ánimo y energía; sin embargo después de un rato caminando en el valle desierto, mi espalda empieza a molestarme y los últimos kilómetros son los más duros.

No sé nada de lo que me espera, así que agradezco encontrar el único albergue de Guling y poder instalarme en uno de los dormitorios. Estiro mi espalda y descanso un rato antes de ir a buscar a Dorje, el caravanero que me ha sido recomendado.

Voy recorriendo la aldea preguntado por la casa de Dorje a cada persona con la cual me encuentro. Al final de la tarde, un hombre asomado a la ventana me dirige hacia una diminuta aldea a pocos kilómetros de Guling. Arriba del todo, en la última granja, me abre la puerta un anciano, Tibetano, con un molino de rezar en la mano. En su mirada amable y sorprendida hay un punto de interrogación que se trasforma en sonrisa a penas he pronunciado el nombre de Dorje.

Visiblemente no entiende inglés y no se ha enterado de porque vengo a buscar Dorje pero me invita a entrar. En la cocina oscura, a olor de polvo y mantequilla rancia, me siento en el suelo. A pesar de la rigidez de sus articulaciones, los gestos del viejecito son llenos de gracia mientras me prepara un chai*.

El perfume del cardamomo esparce en el aire su fragancia de especias mientras voy saboreando el delicioso chai que calienta suavemente mi cuerpo cansado. Saboreando el rico aroma de las especias, escucho al Tibetano rezar al ritmo del movimiento de su molino.

La monotonía del tono, la rotación del molino, el gesto preciso y tranquilo de la mano del anciano, apartando una tras otra las hojas alargadas de los textos sagrados, todo procura crear un ambiente monástico fuera del tiempo.

Relajada, me dejo llevar por la música calma de la recitación y las impresiones del lugar.

Al caer la noche, casi me había dormido cuando Dorje vuelve a casa. Su inglés aproximativo nos permite sin embargo entendernos para organizar la excursión de cinco días hacia el Kinnaur, con mula, tienda de campaña y comida. Quedamos en su casa a las diez de la mañana siguiente.

Volviendo con prisa hacia Guling, el viento frío de la noche se lleva el calor de mi cuerpo a través de la fina tela de algodón de mi túnica de Cachemira, recordándome la realidad de las alturas del Himalaya. Las miles de estrellas brillando en el cielo no son nada más que el reflejo de las chispas alegres de mi corazón.

El alba radiante acaricia mi rostro con su luminoso frescor. Al instante totalmente despierta, aprovecho esta energía juvenil para encadenar los lentos movimientos del Tai Chi al unísono con el majestuoso paisaje de altas montañas desérticas.

A la hora prevista, me dirijo hacia la vivienda de Dorje, llena ya de las imágenes, de los sonidos y los perfumes cosechados durante estas horas matinales al saborear las bellezas que me ofrece la vida.

(Foto)

Nadie responde cuando pico a la puerta, la casa está cerrada. Sabiendo que en India la medida del tiempo es elástica y aproximativa, sin preocuparme, me siento en una piedra llana al pie de un stupa**, frente a la granja. Me llega la quietud del lugar mientras estoy contemplando el oro de los campo de cebada animados por el movimiento de los podones en las manos de los campesinos.

Después de un rato me doy cuenta, sorprendida, de que a pesar de estar esperando al guía, no estoy esperando, no hay ninguna tensión ni la impaciencia habitual en estas circunstancias, estoy presente, nada más. Contenta con sólo observar, maravillada y sin comentarios, las actividades de los campesinos cosechando y los movimientos de la vida alrededor mío.

La frase de un salmo que cantaba en la iglesia de niña atraviesa mi mente: «En el país del Señor no suele faltarme nada» En este momento esta frase, que sólo era un concepto, es una evidencia que me llena de la punta de los pies hasta la cima del cráneo. Me siento en un estado amoroso sin saber de dónde viene. ¿De quién o de qué estoy enamorada?

Puede ser de todo o de nada o de la vida; en el fondo no hay respuesta, hay un estado de felicidad que no depende de nada. Este estado brota del centro del corazón sin ninguna razón. Esta felicidad existe siempre, más allá y a pesar de las circunstancias. Siento que uno de los secretos es conectar y comunicar con la belleza del mundo, maravillándose y esto está a nuestro alcance en cada momento.

Tres horas más tarde, Dorje regresa anunciando que la cosecha es más importante para él que la excursión prevista. En el instante mi felicidad se evapora, no entiendo, pienso: “Qué narices, por lo menos hubiera podido avisarme antes. ¿Porque se ha comprometido sabiendo que tenía faena? No se puede confiar en nadie…”

La chatarra mental se ha puesto en marcha. Todo se vuelve confuso y caótico, olvidado el estado de éxtasis como si ni siquiera existiera.

Tiempo después, me hizo pensar. Estoy buscando a la felicidad, como todos los seres humanos, y paso la mayor parte de mi vida tapando mi estado natural que es felicidad pura, detrás del funcionamiento automático de la mente.

Esto no tiene sentido. El remedio que he encontrado en mi vida para cambiar esta dinámica, es un compromiso apasionado y duradero con la práctica de la meditación en la vida cotidiana y recordar una vez y otra que en cada momento hay algo para maravillarse.

Las prácticas tántricas del Shivaísmo Cachemiro me abren el camino hacia este estado de libertad y espontaneidad. Una capa tras otra, me doy cuenta de mis automatismos y voy soltándolos. Me encuentro más feliz que hace algunos meses, y eso a pesar de las circunstancias.

Surya Baudet
www.suryadance.com y blog

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*té negro con leche y especias
**monumento Buddhista

 
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