Sobre el Amor, la Libertad… y los sentimientos desordenados

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“Si observas de qué modo estás hecho y cómo funcionas, descubrirás que en tu mente hay todo un programa, toda una serie de presupuestos acerca de cómo debe ser el mundo, cómo debes ser tú mismo y qué es lo que debes desear. ¿Quién es el responsable de ese programa? Tú no, desde luego.”
Anthony de Mello, místico.

En este artículo, voy a hacer una reflexión por supuesto muy personal y discutible sobre el Amor y la Libertad. Para ello, voy a “apoyarme en hombros de gigantes”, como Krishnamurti, De Mello o un autor actual que me parece muy interesante, Richard David Precht, del cual, además, presentaremos su último libro, El Amor es un sentimiento desordenado“.

Para comenzar, os voy a proponer una intervención de Krishnamurti en Ojai en la que habla de la Libertad, y de algunos conceptos que luego me van a servir para hablar sobre ella en relación al Amor.

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Bien: es una exposición clásica de Krishnamurti, en el sentido de que él  siempre renegó de Iglesias, gurúes y demás “maestros espirituales” que lo que buscan en realidad son cosas muy distintas. Pero me interesa mucho un concepto que menciona al principio, y es el de “programación”.

Krishnamurti da a entender que, “gracias” a una programación que nos viene dada, nos sentimos con dudas y confusión muchas veces, y que de ahí viene que creamos necesitar “autoridades”, espirituales o de cualquier tipo, para guiarnos en nuestro camino. Por tanto, es nuestro estado desequilibrado el que crea, literalmente, esa necesidad de que alguien nos diga “desde fuera” lo que tenemos que pensar, hacer… o sentir. Y eso genera violencia psicológica.

Esta idea sobre una programación contra la que hay que luchar no es nueva en absoluto: desde el Budismo nos recuerdan que la principal herramienta con la que mantenemos esa forma de ser en marcha es, precisamente, el apego. Un apego es, siguiendo las palabras de Anthony de Mello, “un estado emocional de vinculación compulsiva a una persona o cosa determinada, basada en la idea de que sin esa persona o cosa no podemos ser felices”.

Para comprender como entiende De Mello los apegos os recomiendo un librito suyo llamado “Una llamada al Amor“: en realidad, es una recopilación de meditaciones de este gran místico donde, con una sencillez y una claridad estremecedoras, nos intenta abrir los ojos sobre lo peligrosos que son todos los apegos a cualquier situación, llegando a afirmar que “tenemos que elegir entre los apegos y la felicidad.”


El Amor… llegamos a él. Pero, ¿a qué amor nos estamos refiriendo?. Si lo entendemos como viene en la “programación” que tenemos desde que nacimos gracias a la literatura, los medios de comunicación, el cine… y gente de nuestro alrededor con la misma idea que nosotros, se basa básicamente en un apego: en una creencia de que sin la persona amada no podríamos ser felices. Es decir: en que sin algo externo a nosotros nos es imposible conseguir la felicidad. Para De Mello, no habría diferencia entre amar a una persona, y amar un coche: las dos emociones son apegos, y nos impiden alcanzar la felicidad.

Retomando la idea del principio de Krishnamurti, el amor “mundano”, o el que normalmente conocemos, también partiría de una situación personal desequilibrada y desordenada, puesto que vendría como resultado de la misma forma de hacer las cosas que nos lleva a los apegos y a tantas otras cosas que lamentamos y que nos hacen ser infelices. Y algo que nace del desorden, nunca puede ser orden. Utilizando una idea que ahora mismo está muy en boga, no podemos esperar arreglar lo que está pasando en el mundo con la misma mentalidad con la que lo hemos estropeado: tenemos que cambiar radicalmente la esencia de lo que somos, para cambiar el mundo.

Y dentro de este contexto me ha llegado un ensayo genial sobre el tema: “El amor es un sentimiento desordenado”, (pdf) de Richard David Precht. En el prólogo del libro, el autor ya reconoce que  no hay otra forma de abordar el tema que desde múltiples perspectivas, puesto que, en realidad, con todos los avances científicos que hay en este momento, ni siquiera estamos seguros de que eso que el cine, la literatura y la televisión llaman el amor exista de verdad. Tal vez sea un producto con un gran éxito… tipo la Coca Cola.

Lo que él no dice es que lo más probable es que no sea más que una “necesidad compulsiva… y punto. Pero… ¿podemos vivir sin apegos?

Tal vez los grandes místicos han podido hacerlo. Pero, en nuestra vida diaria, lo típico es decirnos a nosotros mismos que bien, que de acuerdo, pero que toda esta “filosofía” sólo lleva a tertulias de salón: todos nos sentimos “apegados” a nuestra familia, o si no a algunas personas, o a determinadas situaciones, y sí, si las perdemos somos infelices, hasta que encontramos otras, pero… ¿lograr no “amar” nada? Bufff…

Mi opinión es que místicos como Krishnamurti y De Mello nos muestran caminos “ideales” de conseguir la felicidad. Pero que, en verdad, hay poca gente que realmente prefiera lanzarse a los abismos de lo desconocido que supone la vía del místicismo. Ha habido escuelas de pensamiento en todas las épocas que nos han enseñado formas de combatir ese tipo de “programación” con la que parece que todos tenemos que cumplir, y permitirnos la libertad de poder elegir desde nuestra propia esencia. El sufismo es sólo un ejemplo de ello.

Para poder llegar a ese Amor sin apegos, sin necesidades compulsivas, los místicos de todas las épocas han dedicado su vida a ello. De hecho, leyendo el libro de De Mello, uno tiene la impresión de que la Felicidad que uno puede alcanzar de ese modo es muy superior a la de conseguir el objeto amado… por cuanto sería imperecedera y no dependería de nada externo, sino de nuestra propia Alegria de vivir.

Pero… en el Camino también está la Felicidad. No sé si algún día llegaré a es visión ideal del Amor sin Apegos, pero sí que creo que es posible otra visión del amor de la que nos ha inculcado esta sociedad que se ha demostrado tan equivocada en tantas cosas. Así que seguiré investigando en mí mismo para acercarme lo más posible a la Esencia que me permita, como dice De Mello, “experimentar la Libertad real, que no deja de ser otro nombre del Amor”.

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