Razones para NO PEGAR a tus hijos y consejos para padres

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“Muchos padres repiten, sin cuestionarse, los modos y pautas de crianza con los que ellos mismos fueron tratados cuando fueron pequeños. Piensan, por ejemplo, que darle un cachete a sus hijos no conlleva mayores consecuencias que el dolor del momento, que hay que disciplinarles desde que son pequeños (…) Estoy convencido de que esos padres quieren a sus hijos, y de verdad desean lo mejor para ellos. El problema es que estas personas son víctimas de la desinformación y, sobre todo, de la ceguera emocional a la que fueron forzados en su infancia”

“Multitud de estudios científicos han demostrado que la violencia recibida en la infancia tiene un impacto muy negativo en la vida adulta. Si deseamos UNA SOCIEDAD MÁS SANA y menos violenta, resulta de vital importancia que podamos cambiar nuestra manera de tratar a los niños. Debemos criarles con respeto, acompañándoles en sus procesos vitales sin forzarles, ni violentarles (…) La esperanza de la humanidad es que, generación tras generación, la empatía, el altruismo, la no-violencia, la comunicación y la cooperación se extiendan generalizadas por todos países y rincones del planeta”

“En la crianza de los hijos, todos pasamos por situaciones que, o bien por cansancio, o bien por estrés, consiguen desbordarnos y hacernos sentir que hemos llegado al límite de nuestra capacidad de aguante. Cuando los padres me piden consejo para manejar estas situaciones extremas en las que pierden los nervios y el dominio sobre sí mismos, trato de darles unas HERRAMIENTAS BÁSICAS PARA PODER REACCIONAR, de forma adecuada, en esos momentos de gran estrés”
Ramón Soler

¿Acaso hay algo más difícil que criar un hijo? Intenso, desbordante, imprevisible y un reto constante. Son muchas las situaciones en las que a los padres se nos va la mano o las palabras ácidas y muchas también cuando nos planteamos que deben existir otras formas de educar y acompañar a nuestros hijos por la vida más allá de lo que la sociedad ha mamado durante miles de años.

Ramón Soler, psicólogo malagueño experto en psicología infantil y psicología de la mujer (embarazo, parto, puerperio), editor de Mente Libre, activista a favor de la crianza respetuosa y persona muy entrevistada sobre el tema de las bofetadas y los castigos físicos, reflexiona en este artículo sobre este hecho y ofrece alternativas a los padres a través de 3 conceptos:

  • entender la situación
  • entender a los niños
  • entendernos a nosotros mismos

Y estos son sus consejos para cambiar el mundo desde los hogares:

Tras presenciar o leer las furibundas reacciones de muchos padres partidarios del uso de los azotes en la educación de sus hijos, siempre me pregunto si serviría de algo tratar de hacerles ver que otro tipo de educación es posible. Quizás, si les hablara de los pacientes que vienen a mi consulta y descubren las terribles consecuencias de los maltratos que recibieron en su infancia, podrían recapacitar sobre su actitud.

También, podría hacerles reaccionar el comprender que un cachete, por flojo que sea, supone una humillación que un niño no es capaz de entender y que además, ese tortazo, afectará a su futura autoestima. En la mayoría de las ocasiones, por desgracia, el tratar de razonar no sirve de nada ya que, este tipo de actitudes están profundamente grabadas, desde su más temprana infancia, en el interior de estos padres.

Los estudios científicos de las últimas décadas nos advierten de las consecuencias a medio y largo plazo del uso de los castigos físicos y otros métodos de coacción como sistema educativo.

Precisamente, a principios de 2012, dos expertos canadienses publicaron un estudio en el que examinaron las investigaciones realizadas durante los últimos 20 años sobre el cachete en la crianza de los hijos. En este estudio metaanalítico, estos investigadores encontraron una clara relación entre el castigo físico y diversos problemas posteriores en la salud de los niños afectados, como por ejemplo, una mayor agresividad de los niños o más problemas mentales en su edad adulta (adicciones, depresión o ansiedad). Por cierto, no hallaron absolutamente ningún estudio que dijera que los azotes son beneficiosos para algo.

Teniendo en cuenta toda esta información sobre lo perjuicios de los cachetes, si realmente los humanos fuéramos seres racionales, ningún padre, le daría un azote a un niño y ningún experto en psicología o pedagogía defendería el “cachete educativo”. Pero, la forma de criar a nuestros hijos es, básicamente, emocional y, además, está muy mediatizada por cómo nos trataron a nosotros mismos cuando fuimos pequeños, por lo que, frenar la espiral de violencia en la crianza es una labor muy ardua.

Muchos padres repiten, sin cuestionarse, los modos y pautas de crianza con los que ellos mismos fueron tratados cuando fueron pequeños. Piensan, por ejemplo, que darle un cachete a sus hijos no conlleva mayores consecuencias que el dolor del momento, que hay que disciplinarles desde que son pequeños, que tienen que aprender a frustrarse o que la vida es muy dura y hay que prepararles para que puedan enfrentarse a ella.

Estoy convencido de que esos padres quieren a sus hijos, y de verdad desean lo mejor para ellos. El problema es que estas personas son víctimas de la desinformación y, sobre todo, de la ceguera emocional a la que fueron forzados en su infancia. De niños, tuvieron que reprimir sus propias emociones para poder adaptarse y sobrevivir, y como consecuencia de estas duras vivencias, son incapaces de ponerse en el lugar de sus hijos para comprender lo que sienten. Además, no se cuestionan su forma de criar, ni la de sus padres, porque es la única que conocen: así lo aprendieron de pequeños y esto para ellos, les reafirma en sus convicciones (si sirvió conmigo, servirá con mis hijos).

Por suerte, cada vez más padres desean criar a sus hijos de manera más respetuosa y sin sufrir la violencia a la que ellos mismos fueron sometidos de niños. Muchos de ellos han hecho un gran trabajo de investigación y han leído libros sobre crianza respetuosa (Carlos González, Laura Gutman o, incluso, Alice Miller).

Son padres que reconocen las agresiones que sufrieron en sus infancias y son conscientes de que esas actitudes pueden influir negativamente en la salud emocional de sus hijos, pero, sin embargo, en alguna ocasión de tensión extrema, se han sentido desbordados, y no han podido controlar su agresividad.

En la crianza de los hijos, todos pasamos por situaciones que, o bien por cansancio, o bien por estrés, consiguen desbordarnos y hacernos sentir que hemos llegado al límite de nuestra capacidad de aguante. Cuando los padres me piden consejo para manejar estas situaciones extremas en las que pierden los nervios y el dominio sobre sí mismos, trato de darles unas herramientas básicas para poder reaccionar, de forma adecuada, en esos momentos de gran estrés.

Por otra parte, también me interesa ofrecerles un camino para que se liberen de los motivos profundos que les hacen reaccionar así. Unos pequeños trucos pueden ayudar en ciertos momentos, pero no sirven de mucho si no van acompañados de un proceso de introspección y de una verdadera intención de cambio.

Para tratar de organizar los consejos o pautas que trabajo con los padres, los he dividido en tres ámbitos que, aunque los he separado para una mejor exposición, están muy relacionados entre ellos:

1. ENTENDER LA SITUACIÓN

- Reconocer y evitar las situaciones detonantes

Las rabieta o las pataletas de los niños pueden ser para los adultos fuente de un estrés tan intenso, que en alguna ocasión, los padres pueden sentirse al borde del precipicio: la situación les desborda y ellos tan bien acaban descontrolándose. Como padres, debemos ser capaces de detectar estas situaciones y tratar de evitarlas.

Igual que nos sucede a los adultos, los niños están más irritables cuando tienen mucho sueño o cuando están demasiado estresados. En teoría, los adultos somos capaces de autorregularnos, pero los niños aún están desarrollando las áreas del cerebro que median entre los impulsos o los deseos y el mundo exterior. A través del modelo de los padres, ellos aprenden a gestionar su estrés.

Por este motivo es tan importante que podamos anticiparnos para evitar que estas situaciones les desborden. Algunos consejos básicos a tener en cuenta pueden ser:

  • que no se pase la hora del sueño,
  • que no tomen un exceso de azúcar,
  • que no pasen mucho rato en un ambiente de estrés,
  • que no vean programas agresivos en la televisión, etc.
  • En general, se trata de evitar todas las situaciones estresantes que podamos.

También es importante que los padres, al encarar una pataleta o rabieta, procuren hacerlo de forma sosegada, sin precipitarse, sin afán de lucha o de competitividad. Un niño tiene una rabieta cuando se siente frustrado, desbordado o se enfada con alguna situación concreta. No debemos enfadarnos nosotros también, lo que debemos hacer es procurar comprender cuál ha sido el origen de la situación y acompañar a nuestros hijos de forma respetuosa sin gritar, sin pelearnos, sin regañarlo, intentando hablarle de forma reposada para evitar que aumente el berrinche y que nosotros también nos irritemos. Si abordamos las rabietas desde la tranquilidad, podemos romper la espiral de tensión de una forma más rápida y eficaz, además, evitamos entrar nosotros mismos en ese bucle de estrés.

2. ENTENDER A LOS NIÑOS

- Los niños no son tiranos

Un falso mito, muy pernicioso y que ya es hora de eliminar, es el de que los niños piden las cosas por capricho, para fastidiarnos o con el fin de manipularnos. Los ruegos de los niños son auténticos, ninguno reclama nada que no precise. De hecho, no satisfacer las demandas de los niños puede provocar que, a modo de consuelo, desplacen sus necesidades primarias (contacto, caricias, atención, pecho, etc.) hacia otros objetos. Si estas necesidades no han sido cubiertas, el niño se convertirá en lo que algunos llaman caprichoso o tirano; para mí, simplemente, será un niño carente de apego.

- Ponerse en el lugar del niño

No debemos olvidar que el punto de vista de los niños es totalmente diferente al de los adultos. Debido a que nos hallamos en distintas etapas de desarrollo cognitivo y madurativo, su concepción de la vida, su forma de vivirla y comprenderla es muy dispar la nuestra. De hecho, entre los propios niños, según la etapa de desarrollo en la que estén, se dan estas desigualdades (la vida no la comprende igual un niño de tres años, un niño de seis o uno de trece). De estas diferencias surgen los conflictos y por ser adultos y responsables de nuestros hijos, nosotros somos los que debemos flexibilizar las posturas e intentar empatizar con ellos. Si nosotros lo hacemos, ellos lo asimilarán y con el tiempo lo harán.

Debemos tratar de ponernos en el lugar del niño cada vez que pide algo para entender lo que le puede estar sucediendo. Lo que para nosotros son unos lápices tirados por el suelo, desde su punto de vista puede ser una carretera para sus coches.

Por otro lado, la percepción del tiempo también es muy diferente entre niños y adultos. Según algunos autores, el nivel de abstracción necesario para empezar a entender el tiempo no se empieza a desarrollar hasta los 7 u 8 años.

Debemos ser comprensivos y tener en cuenta el punto de vista de los niños para evitar enfrentamientos innecesarios.

- Ofrecer alternativas.

Cuando detectamos los primeros signos de que el niño empieza a irritarse o a enrabietarse, es importante que busquemos la manera de cambiar de actividad. Podemos utilizar el sentido del humor e intentar pactar una solución de consenso en la que se respete a todas las partes.

No hay nada más gratificante para un niño que compartir un rato de juego con sus padres, de modo que podemos proponerle cambiar lo que desea hacer y no es posible, en ese momento, por jugar con ellos.

Nadie mejor que los padres conocen qué cosas les gustan a su hijo. Cuando detectamos que se aburren o que comienzan a tensarse, podemos ofrecerles un cambio de actividad como salir a pasear al aire libre, si es posible a un espacio donde entren en contacto con la naturaleza, ir a visitar a algún amigo o familiar con el que el niño disfrute, podemos leerles un libro, contarles un cuento, proponerles algunas manualidades: pintar, plastilina, recortar. La clave está en jugar con ellos y procurar divertirnos todos para eliminar tensiones y estrés.

Si la rabieta se produce en un centro comercial o en el supermercado, donde el ruido, el continuo bombardeo de estímulos y el paso de tanta gente les excita en demasía, podemos inventarnos juegos para romper la tensión: pedirles que nos ayuden a hacer la compra, a coger algún producto, subirles en el carro y decirles que conduzcan (el adulto puede correr un poco y hacer el ruido del motor), lo que se nos ocurra que a los niños pueda resultarles divertido. Por cierto, en estos sitios es importante evitar pasar con los niños por los pasillos de patatas, chocolates y demás chucherías, es una forma de evitar conflictos muy eficaz, por lo menos, cuando son pequeños.

3. ENTENDERNOS A NOSOTROS MISMOS

-Paciencia y calma.

Resulta de vital importancia el afrontar las situaciones que sabemos que nos alteran con paciencia. Sé que no es fácil mantener la calma en esos momentos, pero alterarnos cuando el niño está descontrolándose es como añadir más leña al fuego y lo único que logramos es entrar en una espiral de gritos, amenazas, golpes o cachetes que no solucionan nada.

Además, debemos tener en cuenta que en los primeros años de vida, el cerebro del niño está desarrollándose a grandes velocidades. Precisamente, en la época más crítica de las rabietas (entre el año y medio y los cuatro) es cuando se desarrolla el lóbulo prefrontal, que se encarga de integrar e interpretar los impulsos emocionales procedentes de zonas más profundas, del autocontrol, de la empatía (poder comprender las emociones de los demás), etc. y si no le damos un buen modelo, no podrán aprender un buen patrón de manejo del estrés y no tendrán herramientas adecuadas para manejarse en la vida de forma saludable.

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- Reconocer las situaciones que nos provocan tensión y pedir ayuda.

Nosotros también somos humanos, nos cansamos, nos estresamos y podemos llegar a situaciones en las que una tontería insignificante nos supere. En estos momentos, debemos echar mano de todos los recursos posibles para evitar que sean los más pequeños los que paguen los platos rotos.

Como adultos, tenemos que aprender a admitir, a ser conscientes, de que estamos alterados y la situación se nos está yendo de las manos. En esos momentos, si podemos, tenemos que pedir ayuda a nuestra pareja o a otra persona, con la que el niño tenga confianza, que esté cerca. Pondré un ejemplo personal sucedido hace unas semanas.

Adriana, nuestra hija de tres años y medio quería ayudarme a cortar patatas con un cuchillo. A mí me daba miedo que se cortase y la situación me provocaba tensión. Como reconozco que es un miedo mío y no quiero transmitírselo a nuestra hija, llamé a Elena, mi mujer, para que ella cortara las patatas con la niña. Esa misma noche, Adriana no conseguía dormirse a pesar de estar agotada. Tras contarle varios cuentos sobre todo lo sucedido durante el día, Elena estaba muy cansada y empezaba a desesperarse.

En esos momentos, me llamó a mí que estaba más descansado (recuerdo que no había cortado patatas) y en tres minutos ya se había dormido la niña. Estos son dos ejemplos de situaciones que podían haber supuesto un incremento de la tensión, pero que fueron controladas al reconocer las limitaciones de cada uno y se capaces de pedir ayuda.

En caso de estar en esos momentos de estrés solo con el niño y no puedas llamar a nadie, podemos utilizar algunas técnicas para calmarnos como, salirnos de la habitación, contar hacia adentro muy despacio hasta diez, remarcando bien los números, o, sin que lo vea el niño, pues puede tomarlo como un gesto agresivo, cerrar fuertemente los puños y abrirlos unas cuantas veces (esto libera mucha tensión).

- Imprescindible la introspección

He dejado para el final esta cuestión, puesto que la considero fundamental para que todos estos cambios que proponemos se consoliden y no se queden en meras buenas intenciones.

Todo el proceso de la maternidad y la paternidad, supone una magnífica ocasión para conocernos a nosotros mismos, conectar con nuestros patrones negativos de comportamiento y liberarnos de ellos. Si las emociones que surgen son en exceso vehementes e incontrolables, resulta de vital importancia buscar ayuda profesional para trabajarlas.

A modo de guía breve, voy a señalar unas pautas a seguir en este importantísimo proceso de introspección.

Resulta conveniente emprender el proceso, detectando las situaciones que te alteran en el día a día con tus hijos y conectando con las emociones que te provocan… ¿desesperación, ira, frustración? Yo siempre recomiendo tener un cuaderno a mano donde poder apuntar toda la información que vaya surgiendo en cada situación que te haya provocado tensión.

A partir de las reacciones y las emociones que nos provocan las vivencias actuales y concretas con nuestros hijos, podrás conectar con el niño/la niña que fuiste y con los momentos en los que te hayas encontrado en una tesitura similar… ¿en qué circunstancia de tu infancia recuerdas emociones parecidas? ¿qué piensas de la actitud de tus padres o demás familiares? ¿cómo te hacían sentir? ¿cómo reaccionabas?

Si de verdad eres honesta contigo misma, te sorprenderás de lo que se parecen tus reacciones actuales a las que tuvieron tus padres contigo. No debemos extrañarnos, ya que ellos fueron nuestro referente y de ellos asimilamos comportamientos positivos, pero también, algunas actitudes negativas o muy negativas.

Si realizas al completo este arduo trabajo, te será más fácil situarte en el lugar de tu hijo y entender cómo se siente cuando sus padres le pegan. Habrá llegado el momento de preguntarte ¿hasta cuándo quieres seguir así? ¿cómo quieres que tu hijo te vea? ¿quieres que tenga el mismo recuerdo de ti que el que tienes tú de tus padres? Las respuestas que obtengas a estas cuestiones deben servirte de motivación para cambiar de actitud en el estilo de crianza de tus hijos.

Como dije anteriormente, este trabajo no sustituye a una terapia. Si sientes que estas preguntas te provocan algún bloqueo o percibes una ansiedad fuera de lo normal que te hace sentir incómodo, te recomiendo que busques ayuda para profundizar en esos recuerdos y sanar las emociones negativas que te provocan y te afectan en la crianza de tus hijos.

Multitud de estudios científicos han demostrado que la violencia recibida en la infancia tiene un impacto muy negativo en la vida adulta. Si deseamos una sociedad más sana y menos violenta, resulta de vital importancia que podamos cambiar nuestra manera de tratar a los niños. Debemos criarles con respeto, acompañándoles en sus procesos vitales sin forzarles, ni violentarles.

Como consecuencia de una crianza más respetuosa, lograremos que nuestros hijos no tengan que cargar con el lastre de restricción y agresividad que arrastramos nosotros, por lo que podrán criar a sus hijos de una forma más libre y sana. La esperanza de la humanidad es que, generación tras generación, la empatía, el altruismo, la no-violencia, la comunicación y la cooperación se extiendan generalizadas por todos países y rincones del planeta.

RAMÓN SOLER
Mente Libre

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ENTREVISTAS y artículos de Ramón Soler sobre infancia, castigos y violencia

En El Blog Alternativo: Francia contra las bofetadas de generación en generación

Viñeta bofetada

 
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21 Comentarios

  1. 1 - Claudia Avalos

    17 julio 2012 07:43

    muy interesante el articulo, pero siempre me pregunto si todo esto se ve mas facil de lograr cuando solo hay que tratar con un hijo. en mi caso tengo 3 y muchs veces me desborda el no poder ser capaz de satisfacerlos a todos. prestarle atencion al mayor (4) implica desatender a las gemelas (2)
    Responder
  2. 2 - Escarlata Micó

    17 julio 2012 23:48

    Impresionante, muchas gracias por estos grandes consejos y reflexiones. Siempre publicáis artículos muy interesantes. GRACIAS Y UN GRAN ABARAZO
    Responder
  3. 3 - CRIS

    21 julio 2012 01:32

    INTERESANTISISIMOSSSSSSSS…..SIGAN PUBLICANDO MAS ARTICULOS DE ESTE TIPO ES DE MUCHA AYUDA HACIA LA SOCIEDAD……SALUDOS
    Responder
  4. 5 - Can-Men

    27 agosto 2012 11:25

    campaña antimaltrato y ESTADÍSTICAS

    Y no tanto por los casos de maltrato que se conocen, sino por los que quedan silenciados, que son muchos más. En España, se estima que entre cinco y 15 niños de cada 1.000 sufren maltratos, aunque sólo se detectan entre un 10% y un 20% del total de casos, según datos de la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas. Es decir, entre ocho y nueve casos de maltrato infantil de cada diez no se detectan en España.

    http://www.bebesymas.com/ser-padres/levanta-la-mano-contra-el-castigo-fisico

    Responder
  5. 12 - María

    11 agosto 2015 14:55

    Me ha gustado mucho tu artículo. De niña recibí muchos golpes por parte de mi madre y de mi hermana mayor. Realmente no recuerdo haber tenido una infancia feliz, sino más bien bastante desdichada. Hoy día tengo varios aspectos de mi persona que reflejan esa infancia, como ansiedad, la necesidad de autocontrol y perfección y a su vez una adicción a la comida para calmar emociones. Realmente los golpes de la infancia han hecho estragos en mi (y no era una niña difícil ni traviesa, si así lo hubiese sido, nada hubiese justificado esos golpes).

    Hoy tengo un bebé de dos años y desde el primer momento lo hablé con mi esposo (que también recibió golpes de niño y adolescente) que ese tipo de castigo era inaceptable. Cuando mi hijo comenzó con las rabietas, muchas veces pegando o intentando hacer daño, la sugerencia que tuve de mi madre fue: “Deberías pegarle para que vea y entienda que lo que hace causa daño”. Por supuesto le respondí que jamás iba a levantarle la mano a mi hijo, y que le iba a enseñar con el ejemplo, de ninguna manera aplicando violencia hacia él.

    Es así que ante cada rabieta lo que nos sirve como padres es tenerle las manitos para que no nos haga o se haga daño, mirarlo a los ojos, explicándole que está mal, que hace daño, que lo que necesita o quiere hacer en ese momento no se puede (en el caso que quiera hacer algo peligroso, como por ejemplo tomar con vaso de vidrio, etc), que podemos buscar una alternativa o hacerlo en otro momento. Y finalmente abrazarlo y “hacer las paces”. Es un proceso, que a mi esposo le cuesta mucho también implementar, por su experiencia personal, pero que con concientización y determinación se puede llevar a cabo.

    Por eso es muy pero muy valioso que artículos como el tuyo tengan difusión, que se termine con esa humillación constante a los niños. Nadie habla de libertinaje cuando se habla de crianza con apego, sino todo lo contrario: enseñar con el ejemplo, con amor, siendo empáticos con el niño le enseñamos a ser empático.

    Todo esto yo lo he llevado a cabo de forma intuitiva, pero tu lo has resumido perféctamente. Yo amo profundamente a mi hijo y pretendo darle la mejor infancia posible. Con mi esposo siempre decimos que en varios aspectos nuestros padres nos han enseñado como ser padres, mostrándonos cómo NO se debe serlo.

    Si tan sólo los padres que golpean a sus hijos como forma de reto, recordaran lo infelices, incomprendidos y lo humillados que se sintieron en ese momento, pero lamentablemente han sufrido un “lavado de cerebro” y piensan que es la forma de educar a un niño para que no sea “descarrilado”. Personalmente también estoy segura que una infancia con golpes se traduce en un sociedad con mucha más violencia.

    De a poco trabajemos para concientizar y erradicar el maltrato en la infacia. Es arduo, pero estoy convencida que niños con una infacia como tú y yo planteamos, llevará en un futuro a una sociedad más tolerante, más armoniosa y significativamente con menos violencia.

    Gracias

    Responder
    • Sandra Sarabia Hernández

      11 septiembre 2016 20:55

      Me gusto mucho tu comentario. Creo que para saber educar a nuestros hijos nos hace falta controlarlos a nosotros mismos.
      Responder

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