Cada día que paso con mi hija es un día de éxito

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“Muchas mujeres claman por unas mejoras reales en las políticas de conciliación laboral (y muchos hombres también, aunque ahora mismo me refiero sobre todo a los primeros meses de vida de la criatura, ya que la baja maternal en España es terriblemente corta, no llegamos ni a los 6 meses que recomienda la OMS para tener una lactancia materna exclusiva). QUIEREN ESTAR MÁS TIEMPO CON SUS HIJOS. Y lo único que consiguen es que se pongan más guarderías, con más prolongación de horarios, donde admiten a los bebés más y más jóvenes… Lo estamos entendiendo todo al revés”

“Poder levantarme todas las mañanas e ir a trabajar con mi hija pequeña, poder estar con ella, hace que no tenga miedo al fracaso. Porque aunque la empresa fracasara, mi conciliación no lo habrá hecho. Y cada día que paso con mi hija, es un día de éxito, un día que le he ganado a la sociedad patriarcal. Cada día que paso con mi hija, invierto en tiempo de calidad con ella. Y eso es invertir en el futuro, puesto que los niños de hoy son el futuro del país. Permitir que sus necesidades se vean cubiertas ayudará a formar un futuro mucho más justo. Y soy sencillamente feliz de poder contribuir a esto”
Mamá libélula

(Reflexiones a corazón abierto sobre maternidad y trabajo, sobre horarios y necesidades, sobre bajas y vínculos y sobre su experiencia en empresas a tiempo completo, parcial, excedencia y como madre emprendedora. Artículo de E.M.G., cofundadora de www.mamalibelula.es, licenciada en filosofía y mamá de dos niñas que aún intenta encontrar su lugar en el mundo)

Éste es un mundo de hombres. Lo es, vivimos en una sociedad patriarcal donde muchas veces las mujeres tenemos que abrirnos paso a codazos. Y es que cuando las mujeres comenzaron a entrar en el mundo laboral, tuvieron que hacerlo bajo unas reglas ya establecidas. Las reglas del varón. Reglas pensadas por y para el hombre, para un hombre por otro lado algo anticuado a estas alturas.

La cuestión es que muchas mujeres han luchado por demostrar que pueden ser iguales a los hombres. Me parece maravillosa esa lucha, siempre y cuando sea un paso intermedio hacia algo más profundo: el plantearse las bases de todo esto, del sistema patriarcal en sí. Es decir, quizás al principio era necesario “pasar por el aro” y trabajar como un hombre. Para demostrar que “podemos hacerlo”. La cuestión hubiera sido, al llegar a un punto determinado, el decir “hasta aquí”, puesto que hay un gran error de base.

La mujer es intelectualmente igual al hombre, eso está ya más que demostrado, porque aunque pensamos de manera diferente, en tests de CI y demás estamos igualados. Hay plena igualdad intelectual. ¿Qué ocurre entonces? Algo mucho más básico: que no somos iguales biológicamente hablando.

Me refiero a que las mujeres somos quienes gestamos. Es así, no hay otra. Biológicamente somos las hembras mamíferas quienes gestamos, amamantamos y criamos en la primera etapa.

¿Y qué sucede cuando colisionan la igualdad intelectual y las diferencias biológicas?

El apocalipsis.

Muchas mujeres claman por unas mejoras reales en las políticas de conciliación laboral (y muchos hombres también, aunque ahora mismo me refiero sobre todo a los primeros meses de vida de la criatura, ya que la baja maternal en España es terriblemente corta, no llegamos ni a los 6 meses que recomienda la OMS para tener una lactancia materna exclusiva). Quieren estar más tiempo con sus hijos. Y lo único que consiguen es que se pongan más guarderías, con más prolongación de horarios, donde admiten a los bebés más y más jóvenes

Lo estamos entendiendo todo al revés.

Vamos a ver. Yo ya sé que soy intelectualmente igual a un hombre, puedo hacer su trabajo igual que él. Pero soy una mujer, y biológicamente NECESITO un tiempo para disfrutar de mi embarazo sin sobresaltos, NECESITO un tiempo para estar con mi bebé y establecer una lactancia y un vínculo de calidad, NECESITO una baja maternal que cubra las necesidades biológicas de mi hijo. Necesito conciliar, sencillamente.

Imágenes como la de la vicepresidenta del gobierno, días después de parir, trabajando sin acogerse a ningún tipo de baja, dando absoluta prioridad a su vida pública sobre su vida privada, no ayudan ni un ápice en esta lucha. ¿Cómo puede ser que mujeres con estudios, preparadas, caigan de ese modo en las redes engañosas de la sociedad patriarcal y no luchen lo más mínimo por salir de ellas, cómo pueden no ver que encima siendo personajes públicos con su (mal) ejemplo están abofeteando a las valientes mujeres (y hombres) que sólo desean un mundo más benevolente con las necesidades biológicas que subyacen, queramos o no?

La igualdad no pasa por dividir “igualitariamente” la crianza con el hombre, puesto que de nuevo nos chocamos con esas mañidas dicotomías igualdad intelectual – desigualdad biológica y lo público/laboral – lo privado/familiar que mucha gente parece no comprender. Si yo quiero que mi marido dé biberones para que la responsabilidad de nutrir al bebé esté repartida con total igualdad, el único perjudicado en esta absurda lucha de poder será el bebé. Un bebé que no comprende nada, y que únicamente está programado para tener el instinto de succión del pecho de su madre. No soy inferior al hombre por dar el pecho a mi hija. No pretendo que mi marido geste cuatro meses y medio y yo otros tantos, para así ser “iguales”. Por ende, tampoco pretendo negar a mi bebé la leche materna, puesto que para mí viene incluida en el lote embarazo-parto.

Somos un país poco conciliador. Los hay peores, es verdad. Pero los hay mucho mejores, y eso es lo que hay que mirar siempre para aprender a mejorar.

Si altos cargos, como la vicepresidenta del gobierno, o las pocas directivas de grandes compañías, no concilian, se muestran al pie del cañón desde el primer día tras el parto, dejando a sus patidifusos retoños con una niñera full-time… ¿cómo hacemos las mujeres normales y corrientes para poder estar más tiempo con nuestros hijos? Solicitar una reducción de jornada es crucificarse laboralmente hablando. Yo lo hice. Cuando nació mi primera hija, pedí una reducción de jornada. Me la dieron sin ningún problema, pero con ella vino de la mano el final de mi carrera. Nunca podría ascender, ya no podría tener aspiraciones. Mi vida laboral se había terminado más allá del trabajo rutinario. Porque en ambientes poco conciliadores, tienes que elegir. O trabajo o familia. Y por cierto, la famosa ley de igualdad lo único que ha conseguido, de nuevo, es insistir en querer mujeres que sean hombres.

Me encantaba mi trabajo. De verdad. Pero sé que ya no iba a lograr nada ahí. Y cuando me quedé embarazada de nuevo, y me insinuaron que ya estaba durando mucho mi reducción de jornada (ojo, para quien no lo sepa, la reducción de jornada implica igualmente la reducción proporcional de sueldo, vamos, que nadie nos regala nada, por estar con nuestros hijos más tiempo no sólo terminamos con nuestras carreras, también perdemos dinero), comprendí que esto iba de mal en peor. Y encima en plena crisis, excusa perfecta para explotar aún más a los trabajadores con el rollo de arrimar el hombro, aunque los jefazos estén sorbiendo un martini y riendo a carcajadas en la cubierta de un yate.

Cuando terminó mi baja laboral, pedí una excedencia. Para poder estar con mi hija su primer año. Cada día que pasaba perdía más y más puntos en mi trabajo, siempre fui consciente. Pero según se esfumaban los días, me pesaba más y más en el alma volver ahí, recordando cómo fue todo con mi hija mayor: levantarse a las 6 de la mañana, dejar a la niña llorando en la guardería, pasarme el día en el trabajo pensando en ella, salir corriendo a buscarla a la hora de comer provocando malas caras por parte de los demás (sí, también somos un país de calienta-sillas: nos mola estar muchas horas en el trabajo, aunque juguemos al solitario o nos demos mil paseos hasta la máquina del café, la cosa es aparentar, pasamos muchas horas pero producimos muy poco), pasar la tarde con ella feliz pero sabiendo que mucha gente ya ni me hablaba a causa de esto en el trabajo.

No quise volver a pasar por lo mismo, volver a pasar por el aro de una empresa tan machista como cualquier otra, y que jamás comprendería mis necesidades particulares de “mujer puérpera que aun así ama su trabajo pero que por motivos de crianza quiere estar unos años trabajando menos horas y después ya se verá”. Y una idea que llevaba dándome vueltas en la cabeza meses, una idea loca en estos tiempos aún más locos, y que descartaba una y otra vez, al final me conquistó.

Y fue porque una amiga, tan loca como yo, tan idealista o tan genuina o con tantísimas ganas de hacer cosas sin excluir a nuestros hijos, se acercó a mí y verbalizó lo que yo tantas veces había desechado: “vamos a montarnos algo por nuestra cuenta que nos permita conciliar como nosotras queramos”.

Y así nació Mamá Libélula. Mi hermana vivió muchos años en EEUU y ahí son muy comunes este tipo de “negocios mixtos enfocados a la maternidad” (por un lado tienda de puericultura, por otro sala de talleres), y yo también los había visto en Francia, pero en España son relativamente nuevos. Hemos puesto toda nuestra ilusión, todo nuestro empuje, todo nuestro amor, en este proyecto con el que no deseamos volvernos millonarias ni abrir una cadena por todo el mundo… sino con el que únicamente queremos poder ofrecer lo mejor de nosotras mismas porque el poder conciliar hace precisamente que salga lo mejor.

Poder levantarme todas las mañanas e ir a trabajar con mi hija pequeña, poder estar con ella, hace que no tenga miedo al fracaso. Porque aunque la empresa fracasara, mi conciliación no lo habrá hecho. Y cada día que paso con mi hija, es un día de éxito, un día que le he ganado a la sociedad patriarcal. Cada día que paso con mi hija, invierto en tiempo de calidad con ella. Y eso es invertir en el futuro, puesto que los niños de hoy son el futuro del país. Permitir que sus necesidades se vean cubiertas ayudará a formar un futuro mucho más justo. Y soy sencillamente feliz de poder contribuir a esto.

E.M.G. es la cofundadora de www.mamalibelula.es. Licenciada en filosofía y mamá de dos niñas, aún intenta encontrar su lugar en el mundo.

ILUSTRACIÓN: Andra Hancock

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5 Comentarios

  1. 1 - Marina

    5 noviembre 2012 13:27

    haca años (6, casi 7… la misma edad de mi primer hijo) que vengo replanteándome la lucha feminista. Creo, al igual que vos, que desde el mismo instante de pretender pelear por ser reconocidas como hombres, perdimos. NO somos hombres. Somos mujeres. Y la verdadera lucha y victoria, será el día que la sociedad reconozca el lugar insustituíble de la mujer en la constitución de los seres humanos. Que la sociedad valore a la mujer, que a pesar de tener la opción de brillar en una carrera profesional, elige y trabaja día a día en el mejor proyecto social: futuros buenos hombres y mujeres.
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  2. 2 - Elena

    5 noviembre 2012 15:10

    Mamá libelula es verdad que en muchos casos la conciliación es imposible pero hay empresas que se esfuerzan con este tema y también hay que reconocerselo.
    Hablo desde mi experiencia, trabajo en una multinacional y nunca ha habido problemas en coger reducciones de jornada y excedencias, incluso hay personal en tele-trabajo,
    los directivos están cambiando, no tan rápido como quisieramos pero lo están haciendo, ya no son el hombre de 50 y pico, machista y que pasaba má horas en la oficina que en casa…

    Por cierto, me encantan los juguetes de tu web

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