Despertando el dragón dormido: una rEVOLución en la escuela

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“Es tiempo de revoluciones… internas y externas… Y la Escuela, inmersa en el Sistema Educativo actual, está haciendo la suya… Desde cada niñ@, desde cada maestr@, desde cada padre, desde cada madre…
¡Gracias por tu propia rEVOLución!
Cristina Romero

¿Y si todos los seres humanos naciésemos con un programa propio de aprendizaje? ¿Y si le escuela, en vez de dirigirnos por un camino X, nos permitiera descubrir y andar el nuestro propio? ¿Cómo seria el mundo entonces? ¿Es viable y recomendable la libertad de aprendizaje? ¿Por qué tenemos tanto miedo a que dejar “desplegarse” a los niños? Ya lo decía Einsten: “Es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada”

Una rEVOLución en la escuela. Despertando al dragón dormido” no es un libro de educación sino de acompañamiento de los niños y trata temas como el programa de aprendizaje interno, aprender desligado de enseñar, el lugar de la familia, el paso de “maestros a acompañantes”, sobre estrategias escolares invisibles adormilantes y sobre qué queremos como sociedad: ¿ovejas o dragones?

La autora es Cristina Romero, madre de tres hijos, Maestra de educación especial, Logopeda, Psicomotricista, autora del libro Pintará los soles de su camino (Ed. Círculo Rojo, 2011) y co-autora de Una Nueva Maternidad (Ed. OB STARE, 2011). Actualmente vive la experiencia de trabajar en Escola Liberi, una escuela no directiva para niños de 6 a 12 años abierta también a sus familias, en la provincia de Barcelona.

Y en este texto, Cristina reflexiona sobre si Charles Darwin o Gerald Darrel perdían el tiempo jugando con los insectos…

Despertando al dragón dormido

A menudo nuestras intervenciones educativas están basadas en la desconfianza o el miedo. Hacia los niños, hacia nosotros, hacia la vida.

Los adultos dirigimos y pretendemos controlar la vida de los más pequeños. Les decimos qué hacer, qué aprender, por una gran falta de respeto, a ellos, a la humanidad, a la vida. Con más o menos paciencia, con más o menos amabilidad… pretendemos decirles qué, cómo y cuándo aprender.

Estamos demasiado ocupados y preocupados con nuestros propios objetivos y proyectos para los niños como para permitir y concebir que existan los suyos. Desvalorizamos todo el potencial que llevan dentro para construirse a sí mismos.

Desconocemos u olvidamos que cada ser humano dispone de un programa de aprendizaje propio, interno, valioso, único, vivo, legítimo… que necesita ser protegido. Que la humanidad viene preparada “de serie” para aprender, por naturaleza. Que cada niño viene totalmente dotado de una programación infinitamente más rica que la que le podamos ofrecer. Y que esa programación viene rodeada de dones o talentos e intereses únicos. Pero desconfiamos de los anhelos e intereses infantiles pues creemos que les llevarían a lugares poco importantes…

¡Qué pretenciosos somos los adultos que creemos tener mejor plan, mejor programación para cualquier niño que la suya propia!

Pero esa idea parte de la concepción desconfiada de los adultos. Según los cuales los niños vienen a perder su tiempo jugando y haciendo cosas que no les convienen. Como si jugar no fuese un sofisticado mecanismo evolutivo de aprendizaje

Madres y padres aceptamos sin cuestionarlo que otros saben lo que les conviene a nuestros hijos… Y que tienen la legítima autoridad de llevarlos hacia donde les “conviene”.

No importa lo que eso cueste. No importa si ese destino luego no es tan conveniente.

Lo importante es modelar (más o menos suavemente), guiar (con más o menos prisa), adiestrar, adoctrinar, educar para llevar a los niños a donde “los que creemos que sabemos lo que les conviene” dictemos.

Pero ¿Y si no fuera cierto que existe alguien (aparte de cada propio niño) que sabe lo que realmente le conviene aprender?

Los niños tienen unas necesidades propias (afectivas, motrices, sociales, de aprendizaje…) que quedan relegadas a un discreto segundo plano.

Para mí, si un niño está interesado por algo –sea lo que sea- tiene todo el valor.

¿A caso los niños Charles Darwin o Gerald Darrel perdían el tiempo jugando con los insectos?

No todos necesitamos aprender lo mismo. Ni de la manera en que lo aprenden otros.

Los niños son insaciables buscadores de experiencias vitales, continuamente encuentran nuevos retos y preguntas sobre el universo del que forman parte…

El conocimiento está interconectado, estrechamente ligado, en nuestro cerebro, en la vida misma y si para llegar a mi meta encuentro que necesito determinadas herramientas, las buscaré.

No necesitamos que nadie nos señale por qué cosas debo sentirme interesado. Y mucho menos obligarme a aprenderlas. El precio de esa obligación es que ponemos en riesgo el placer inherente a aprender

Nuestros niños no desean seguir más bajo un sistema educativo limitante. Ni en casa ni en la escuela.

A las ahora madres y padres, como de niños crecimos en la directividad, nos resulta más familiar y sencillo seguir acallando corazones que escucharlos o acompañarlos. Pues es lo que vivimos en propia piel.

¡Y qué sencillo es acallar ahora sus corazones!

La infancia es vulnerable y dependiente del amor y la aprobación adultos…

Pero qué importante es que cesemos en nuestro intento por controlar a los niños… y les empecemos a devolver el espacio para Ser que no nos dieron a nosotros…

Si cuando somos niños acallan nuestras propias decisiones, llegamos a adultos desconectados, esperando indicaciones ajenas…

Y la Vida necesita que despertemos.

Nos sorprenderíamos si permitiéramos que cada ser siguiera su programa interno. Desde la fuerza invencible e infinita que te da la motivación interna.

Una fuerza que me gusta equiparar a la del dragón.

Nos sorprenderíamos a corto y a largo plazo.

Nuestro mundo, nuestra sociedad, necesita personas con ganas vivas de aprender, con ideas únicas y diferentes. Gente apasionada y feliz en lo que hace.

Nuestro mundo no necesita más ovejas para el rebaño. Necesita dragones bien despiertos.

Es tiempo de abrirnos a nuevas formas de aprendizaje y a nuevas formas de acompañar este aprendizaje, sin apretujar, sin dirigir, sin recortar, ni estirar… Confiados… Abiertos de corazón y de mente.

Demos espacio, tiempo, plataforma a lo que los niños llevan dentro.

No tengamos miedo a que lo pierdan en sus asuntos.

Acompañemos SUS necesidades, SUS demandas, SUS ideas, SUS aparentes locuras…

Apreciemos que los niños se hagan a sí mismos. Que construyan quienes quieren ser.

Sí, otro mundo es posible, y en casa y en la Escuela está el jardín donde esa semilla duerme o crece despierta.

GRACIAS

Cristina Romero

Editorial Ob Stare

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