SABIA COMO UN ÁRBOL: Jean Shinoda Bolen, la ecología y el activismo femenino espiritual

, , 5 Comments

“Las mujeres son sabias como un árbol. Al ir enterándome de la cantidad de actividades diferentes que simultáneamente realiza un árbol, y de cómo cada uno de ellos forma parte de un ecosistema, me di cuenta de la multiplicidad de tareas simultáneas que realiza una mujer podría considerarse como la de un árbol, y de cómo la mayoría de las mujeres están inmeresas también en un complejo ecosistema de relaciones”

(…) “Me enteré de que la reforestación es lo que diferencia a las culturas que se mantienen firmes y prosperan de aquellas que siguen talando árboles y decayendo. Estas son lecciones objetivas que la humanidad puede aplicar en este momento: podemos aprender de la historia del mundo y prever lo que nos sucederá, o cómo los árboles pueden ser nuestra salvación
Jean Shinoda Bolen

Paseando entre árboles y a raiz de un gran dolor por la tala de un pino en su barrio, nació el libro “Sabia como un árbol” de Jean Shinoda Bolen. Hasta la fecha el trabajo de esta doctora en medicina, psiquiatra, analista junguiana y experta en diosas y arquetipos femeninos, se centraba más en en el mundo de las personas, pero con “Sabia como un árbol” une la Naturaleza, con reverencia y admiración, a los humanos en una exploración cruda e inspiradora sobre la interdependencia entre ambos.

Deforestación, anatomía y fisiología de los árboles se tratan en el libro junto con su su papel como arquetipos y símbolos sagrados, los círculos de mujeres, las similitudes entre la historia de las mujeres y árboles a lo largo del tiempo y se citan numerosos casos de activismos a favor de ambos.

Y este es la introducción para que descubramos a las personas árbol y lo que pueden ofrecer al mundo:

La idea que dio origen a este libro surgió al observar que hay “personas árbol”, y que yo soy una de ellas. La persona árbol tiene un sentimiento vivo hacia cada árbol individual, y respeto y empatía hacia los árboles como especie. En su infancia, puede que la persona árbol guardara tesoros en un árbol, que tuviera en uno de ellos un santuario, o se subiera a sus ramas para ver desde lo alto un mundo más extenso; alguien para quien los árboles fueran lugares de juego, de desatada imaginación y de retiro.

Puede que adquiriera conocimientos sobre los árboles en un campamento de verano o al ganar una insignia de exploradora, o que fuera aquel niño o aquella niña que perdía la noción del tiempo vagando por los bosques de los alrededores o en algún rincón del jardín. La persona árbol tuvo un encuentro con la Naturaleza durante la niñez, o lo ha tenido siendo adulta, y como los cuadrúpedos que se retiran a lamerse las heridas, quizá siga sanando sus heridas emocionales refugiándose entre los árboles. La persona árbol entiende por qué decidiría una mujer pasar más de dos años subida a una vieja secuoya centenaria para impedir que la talaran. La persona árbol puede hacerse activista en defensa de los árboles a cualquier edad.

Delante de la que hoy es mi casa había un gigantesco pino de Monterrey. Noté su presencia incluso antes de empezar a bajar la cuesta y cruzar la terraza de entrada. Jamás se me ocurrió que, por un simple voto de una asociación de propietarios, aquel magnífico árbol, que estaba allí desde mucho antes de que se construyera ninguna casa y que crecía en todo su esplendor, pudiera desaparecer de repente porque un vecino quería que lo talaran y había sido capaz de conseguir los votos necesarios. Intentando salvar mi árbol, sostuve conversaciones interminables, asistí a infinidad de reuniones y, descubrí la abismal diferencia que hay entre las personas árbol y las “personas no árbol”.

Descubrí también que es muchísimo lo que se puede aprender sobre los árboles, empezando por cuál es la razón de que el pino de Monterrey, en concreto, crezca tan admirablemente en un pequeño bancal de la ladera de una colina que por las mañanas queda envuelta en un manto de niebla. Resulta que las agujas del pino actúan como condensadoras de niebla, y dejan luego que la humedad caiga a la tierra para regar así sus propias raíces. Las personas árbol como yo vemos la belleza de los árboles, y tal vez los hayamos fotografiado o dibujado, pero también es posible que nuestros conocimientos botánicos sobre ellos sean muy limitados.

Cuando pensé en escribir este libro me acordé al instante de Moby Dick, y de cómo a lo largo de la novela la información sobre las ballenas se entremezclaba con la narrativa. Quise hacer algo parecido en este libro, y, a medida que aprendía sobre lo que es un árbol y sobre cómo los árboles son los seres vivos más viejos de la Tierra, fue naciendo en mí un sentimiento de admiración hacia ellos.

Se dice que las selvas pluviales son los pulmones del planeta. Las selvas absorben cantidades prodigiosas de dióxido de carbono, fijan el carbono y generan oxígeno, que luego liberan a la atmósfera que respiramos. Esto es algo que hace cada árbol, lo mismo que, por el simple hecho de respirar, cada individuo humano produce dióxido de carbono, que el árbol utiliza. Mantenemos una relación de reciprocidad con los árboles. Sin embargo, al tiempo que las selvas tropicales y los bosques de Norteamérica, Europa del Norte y Asia van desapareciendo a ritmo vertiginoso, el número de seres humanos crece en proporción geométricá.

El calentamiento global está relacionado con el incremento de dióxido de carbono, metano y otros gases de la atmósfera que los seres humanos producimos indirectamente a través de los objetos de los que hacemos uso en la vida cotidiana. Cuantos más seres humanos y menos árboles haya, mayor cantidad de dióxido de carbono habrá en la atmósfera, y más subirá la temperatura.

El título Sabia como un árbol es un símil, al igual que lo son los encabezamientos de algunos capítulos, tales como «En pie como un árbol» o «Sagradas como un árbol», que describen las similitudes entre los árboles, las personas y los símbolos. Pero además existe el aspecto del afecto.

Las personas árbol podemos albergar toda una variedad de sentimientos hacia árboles individuales y también hacia determinadas especies; nos relacionamos con los árboles de un modo que las personas no árbol nunca se relacionan. He aquí un ejemplo de la diferencia radical que hay entre una persona árbol y una persona no árbol; por un lado, las palabras de Joyce Kilmer: «No creo que llegue a ver jamás / un poema tan bello como un árbol», y, por otro,a la frase atribuida a Ronald Reagan: «Cuando ves un árbol, los has visto todos».

El día que talaron mi pino de Monterrey no quise estar allí para verlo. Menos organizar una manifestación había hecho todo lo posible por salvarlo. Los taladores accedieron a derribarlo cuando yo no estuviera, y, en el camino de vuelta, me embargaba la tristeza con solo imaginar que no lo encontraría allí a mi llegada. Estaba en la ciudad de Nueva York, en la Organización de las Naciones Unidas. Hace ya años que asisto en el mes de marzo a la reunión anual de la Comisión sobre el Estatus de la Mujer.

Varias organizaciones no gubernamentales celebran reuniones y talleres paralelos, centrados en los derechos de la mujer, en empoderar a las mujeres y a las niñas y en protegerlas de la dominación que se ejerce sobre ellas, que puede adoptar formas tan terribles como son la trata de mujeres, la ablación de los genitales femeninos, la lapidación, el crimen de honor o la venta de las hijas para saldar una deuda; y más próximas a nosotras están la dominación y humillación de la violencia doméstica, las violaciones y el abuso sexual de menores. Tanto en sentido físico como psicológico, cuando a una mujer o a una niña se la trata igual que si fuera una propiedad, esa mujer o esa niña es “como un árbol”, o como un perro o un caballo, a los que se puede apreciar, querer y dar buen trato, o explotar, golpear y vender.

Estos patrones de comportamiento están arraigados ya en la infancia, y así, al crecer, los niños aprenden a identificarse con el agresor y las niñas, a ser sumisas; pero estas son distorsiones del crecimiento natural. Un árbol que recibe el sol y la lluvia que necesita, tierra fértil para sus raíces y espacio para crecer se hace un árbol sano, maduro, un ejemplar magnífico, mientras que cuando las condiciones impiden el crecimiento, el resultado suele ser una versión nada más que reconocible de una determinada especie de árbol. En los seres humanos, a menos que las señales de malnutrición o de abuso sean claramente visibles, el desarrollo atrofiado que resulta de la falta de amor, de nutrición, atención médica, educación y derechos humanos suele manifestarse como una atrofia psicológica, intelectual y espiritual en todos los afectados.

El árbol es un símbolo muy poderoso; aparece en muchos relatos de la creación, tales como el del Fresno del mundo o el Jardín del Edén. Las religiones, y especialmente los druidas, han reverenciado los árboles. El Buda alcanzó la iluminación sentado bajo una higuera sagrada, y la Navidad se celebra en torno a un abeto del que colgamos adornos.

Hay árboles sagrados en el mundo entero. La “familia de los árboles” tiene una conexión simbólica con el tema de la inmortalidad. Los mitos y los símbolos son portadores de significado. En el mito, una situación se representa metafóricamente en el lenguaje de la imagen, la emoción y el símbolo; y dado que los seres humanos compartimos un inconsciente colectivo (la explicación psicológica que da Carl G. Jung) o un campo mórfico del Homo sapiens (la explicación biológica que da Rupert Sheldrake), el símbolo se origina y resuena en las capas más profundas de la psique humana.

Sabia como un árbol gira en torno al tema de los árboles, y el resultado es una serie de nociones que responden a las distintas perspectivas. La mitología y la psicología de los arquetipos son fuentes de información sobre el significado simbólico del árbol, mientras que la botánica y la biología lo clasifican y describen.

Aprender sobre árboles es apreciarlos como especie. Las creencias basadas en árboles sagrados y en su simbolismo han formado parte de muchas religiones, y han convertido a los árboles en víctimas de sus conflictos religiosos. Las consecuencias no intencionadas de talar todos los árboles de la isla de Pascua fueron desastrosas, y puede establecerse un paralelismo entre estas y el destino del planeta.

En Kenia, el Movimiento Cinturón Verde llevó a las mujeres de las zonas rurales a empezar a plantar árboles. Para cuando el mundo supo de ello, se habían plantado 30 millones, y la fundadora del movimiento, Wangari Maathai, se convertiría en 2004 en la primera mujer africana galardonada con el Premio Nobel de la Paz.

Cuanto más profundizaba en el mundo de los árboles, más me adentraba en una compleja y diversificada selva de conocimientos, desde arqueológicos hasta místicos. Me enteré de que, de no ser por los árboles, nosotros, los mamíferos y seres humanos de este planeta, no estaríamos aquí. Sin embargo, ya se trate de una inmensa selva o de un solo ejemplar de esta familia formada por algunos de los seres vivos más antiguos de la Tierra, hay corporaciones e individuos aislados que, movidos por la codicia o por la pobreza, los siguen talando, indiferentes a las consecuencias o ignorantes de lo que su proceder supone.

Me enteré de que la reforestación es lo que diferencia a las culturas que se mantienen firmes y prosperan de aquellas que siguen talando árboles y decayendo. Estas son lecciones objetivas que la humanidad puede aplicar en este momento: podemos aprender de la historia del mundo y prever lo que nos sucederá, o cómo los árboles pueden ser nuestra salvación.

Como puede serlo otro de los grandes recursos de la humanidad, que son las mujeres y las niñas. Este ha sido un aprendizaje paralelo que me ha dado el asistir a la reunión anual de la Comisión sobre el Estatus de la Mujer en la ONU. Si una niña recibe educación, se casará más tarde, tendrá menos hijos, que estarán más sanos, y contribuirá a la economía familiar con casi la totalidad del dinero que gane, ya que, gracias a los microcréditos, muchas mujeres pueden abrir pequeños negocios.

Cuando hay un número suficiente de mujeres que ocupan puestos de importancia, como es el caso de Liberia o Ruanda, la anterior cultura de corrupción y violencia desaparece, pues las prioridades cambian, y lo que importa entonces es la seguridad, la educación y la salud. Y cuando hay paz, la economía prospera. No es exagerado decir que la participación de las mujeres es el elemento crucial que está ausente a la hora de encontrar soluciones a los problemas económicos, medioambientales y militares, en los que radica la inestabilidad de nuestro mundo, y de dar respuesta a cuestiones como la supervivencia o la sostenibilidad. Valorar a las niñas es igual que valorar los árboles; es bueno para ellas y para el planeta.

En los últimos tiempos ha proliferado el activismo de base. Han surgido organizaciones no gubernamentales (ONG) por todo el mundo, contándose en la actualidad sus miembros por millones, incluso en China, Rusia o África. Las mujeres han ido ampliando sus negocios y creando incontables ONG (el 80 % de ellas creadas por iniciativa de las mujeres) que tienen el potencial de cambiar el pensamiento colectivo. Las ideas, como si de un virus se tratara, pueden actualmente extenderse, venciendo cualquier resistencia, y convertirse muy pronto en lugares comunes.

Si eres una persona árbol y estás ahora leyendo mis palabras, en caso de que tu apreciación y preocupación todavía no se hayan extendido más allá de la relación afectiva con ciertos árboles concretos, mi intención es hacer que tu conciencia descubra un nivel más profundo, como lo ha hecho la mía, que se involucren tu corazón, tu imaginación y tu mente entera, pues ese es el primer paso que debemos dar para salvar los árboles y a las niñas.

Lo único que quedaba de mi pino de Monterrey cuando volví a casa era un gran tocón de forma irregular, hermoso en cierto sentido; del corte todavía fresco rezumaba la savia. Y había también un gran espacio vacío allí donde antes se elevaba recortándose en el cielo y presidiendo mis paseos.

Durante la semana que estuve fuera, mientras talaban el árbol, le hablé a Gloria Steinem de mi infructuosa empresa por salvarlo. Me dijo: «Recuérdalo, Jean; eres escritora, y una escritora puede tener la última palabra». Muchos árboles se talan para elaborar papel, y esa es habitualmente la forma en que un árbol se convierte en libro. Mi árbol sigue vivo en este libro, en el espíritu del libro y sus palabras.

Jean Shinoda Bolen
Más info sobre el libro
Entrevista: “Las mujeres pueden cambiar el mundo la próxima década

VENTA ONLINE del libro “Sabia como un árbol” y otros libros de Jean Shinoda Bolen

Artículos sobre árboles

 
Publicidad
 

5 Comentarios

Responder

(*) Obligario, Tu correo electrónico no será publicado